Sin llegar nunca a ningún lugar

Jorge Lavalle

Por alguien que no dijo nada

I can’t get no satisfaction, I can’t get no satisfaction,
‘cause I try and I try and I try and I try…

The Rolling Stones

Jaime, un chico de quince años, la pasaba bien con sus amigos en la escuela, aunque algunas materias se le hacían muy difíciles y aburridas, pero le gustaba estar en ese microcosmos de la vida adulta en donde todos los días trataba de poner en práctica su sentido de la responsabilidad y del deber ser, procurando volverse un tipo competitivo y exitoso, como le exigían en casa, aunque esto no le generara mucho entusiasmo. Claro que esto último le costaba mucho trabajo y en matemáticas nunca lograba obtener algo mejor a un siete, sin embargo, dicha situación no parecía preocuparle demasiado, él sólo quería disfrutar, aplicar el viejo carpe diem en su vida diaria. 

A Jaime le gustaban especialmente los descansos en la escuela, y sobre todo, le gustaba Karla, su amor platónico, aunque ahora tenía miedo de mirarla. Sin embargo, en marzo todo eso quedó atrás por la pandemia. Le prohibieron acercarse a la gente, salir de su casa, visitar a sus amigos; le prohibieron incluso saludar a sus abuelos. El hecho de saludar a alguien de beso o de mano se había vuelto algo impensable que podía sancionarse con cinco años de cárcel, o al menos él tenía esa impresión.  

De por sí, ya un par de años atrás le había quedado claro que no podía tener muestras de afecto con la mayoría de las chicas de su escuela, y tan sólo mirar a Karla era motivo de expulsión escolar para él. Aún recordaba con mucho pesar la vez que lo lincharon en redes sociales colgándose la etiqueta de ser casi un violador por escribirle a Karla una carta de amor y regalarle una flor, “una carta y una flor que ella jamás le había pedido a él”, tal y como especificaba la denuncia.

En su casa, Jaime se sentía fastidiado, además de atrapado. Su padre desayunaba todas las mañanas con él sin estar realmente ahí. Se la pasaba viendo el celular –el modelo más reciente de Samsung- cada treinta segundos, como si algún dios posmoderno estuviera a punto de comunicarle el secreto de la felicidad a través del Facebook en cualquier instante. Su madre, informática de una empresa de renombre, trabajaba todo el día frente al monitor, absorbida por el trabajo y sin tiempo para platicar con la familia. Su hermano mayor, Alfredo, generalmente estaba en la sala tomando sus clases de la Universidad desde una lap, mandando mensajes y memes sin poner mucha atención a la vida misma que le pasaba frente a los ojos.

Faltaban todavía un par de horas para que Jaime se conectara a sus clases vespertinas de prepa. Así que tomó su bicicleta, se puso su cubrebocas o “pudrebocas”, como le gustaba decir, y salió en dirección hacia el parque a dar unas vueltas. Podía sentir el viento en la cara, escuchar el canto de los pájaros y disfrutar de esa libertad, de esos momentos donde se sentía vivo, con sus sentidos funcionando a todo lo que daban, atento a los carros y a los peatones. 

Jaime veía desde su bicicleta los rostros apáticos de las personas, que en su mayoría se concentraban en revisar sus dispositivos móviles, y pensaba en cómo la gente había perdido la capacidad de asombro por las cosas simples y buenas de la vida; un paseo por la playa, una caminata por el parque, un helado o una buena comida para saborear. La fugacidad y la inmediatez de la información y de los placeres habían hecho del mundo un montón de seres eternamente insatisfechos. También pensaba en cómo cualquier situación era motivo de ofensa, sobre todo para quienes rondaban su edad, como si necesitaran sentirse ofendidos para recuperar su autoestima o para sentirse aceptados por cierto grupo social.

Jaime recordaba la indignación de su amiga Rosa porque él no estaba acostumbrado a entregar sus trabajos en lenguaje inclusivo; recordaba el enojo de Mario, otro amigo suyo, porque él no veía una cultura de la violación, de la discriminación y del acoso en las caricaturas de los Looney Tunes; recordaba la vez en que la joven maestra de civismo lo regañó frente al salón y le dijo que era un hombre con actitudes sexistas, plagado de micromachismos, y no un caballero, como él creía, sólo porque se había ofrecido a abrirle la puerta a Karla, quien en ese momento iba entrando a la clase, y peor aún, había tratado de ayudarla con su mochila, cuestión que resultó contraproducente a los ojos de la estudiante y de las demás chicas de su grupo.   

Andar en bici le resulta bastante agradable a Jaime porque le permite reflexionar mientras va pedaleando, aunque a veces no llegue a ningún lugar y sus cavilaciones queden sin respuesta, como una metáfora de las vueltas y vueltas que le va dando al parque sin llegar a ningún punto específico. Lo único que alcanza a vislumbrar es que vive en una sociedad que está enojada, siempre en desacuerdo con todo, insatisfecha incluso con su propia sexualidad; piensa que quizá esto se deba al sistema caduco que la enmarca, así como a los abusos que durante tanto tiempo se han cometido, pero él no cree tener la culpa de todo eso y por eso se siente tan mal cuando lo critican y lo tildan con etiquetas con las que él no se identifica en lo absoluto. 

A Jaime le vuelan en la cabeza igual que una nube de moscas insondables, palabras como deconstrucción, identidad no binaria, queer, micromachismos, objetivizar…, y sabe que tiene que estudiar y analizar muchas cosas todavía para tratar de comprender el enojo y la indignación que lo rodean. Pero también se da cuenta de que andar en bici le produce una gran satisfacción, un placer que no tiene nada que ver con su futuro como exitoso empresario, según sus padres, ni con sus supuestas actitudes micromachistas, dado que siente una felicidad auténtica que muchas personas, verbigracia esos peatones a quienes parecen haberles robado el alma, tal vez no pueden vivir ya porque han sido subsumidos por una mentira plástica y materialista en donde lo importante es ser productivos y revisar su celular todo el tiempo.

Jaime aún es muy joven, tiene muchas cosas que aprender, ha provocado de manera no intencionada el enojo y la furia de sus amigas y de sus amigos, pero al menos disfruta el color del cielo, de ese cielo azul que siempre deja un lienzo espacioso para las caprichosas formas de las nubes, al menos se siente contento cuando sale a andar en bici, cuando se olvida un poco de todo lo demás y pedalea fuerte sin llegar nunca a ningún lugar.

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