Nada nuevo bajo el sol: de reescrituras y apropiaciones en la literatura posmoderna

Carlos Warden

Las historias se reciclan. El reciclaje, término harto posmoderno, que ahora aplicamos prácticamente en todos los ámbitos, se puede trazar, en términos de narrativas, hasta Grecia y Roma. Las narrativas de dioses pasaron de una cultura a la otra con apenas algunos cambios, además de la necesaria traducción.  En el caso de la otra gran fuente de narrativas, los textos bíblicos, fueron a su vez alimentados de historias de culturas vecinas, como Mesopotamia, y ahí vemos al original Noé (la adaptación hebrea de simple pronunciación), el  babilonio Utnapishtim. 

La posmodernidad sólo ha traído esta vieja costumbre de apropiarse de historias viejas de moda otra vez, aunque tal vez con una intención distinta. La posmodernidad tiene -en literatura el posmodernismo-, un diferente set de valores y de formas de ver el mundo que tocan los dos polos de la sensibilidad humana: el maniqueísmo y el cinismo; uno cuestiona de manera ácida las posiciones de la modernidad, mientras que el otro se burla de las mismas. Como un ejemplo, podemos encontrar la reescritura o la utilización de los relatos históricos en nuevas narrativas, con una tendencia que en la crítica se le conoce con el pomposo nombre de metaficción historiográfica, de la que se desprenden obras sumamente interesantes, tanto de un lado de la tendencia como del otro.  No obstante, este es material para otro artículo y de lo que aquí hablaremos será de un ejemplo de apropiación y deconstrucción de historias bien conocidas, forjadoras del carácter positivista y la asignación de roles de la modernidad: Robinson Crusoe de Daniel Defoe y Foe de J.M. Coetzee.  

Robinson Crusoe, una de las primeras incursiones de los británicos en el género de la novela, narra la historia de un naufragio y de las peripecias que el protagonista pasa en una isla desierta para sobrevivir. Nuestro náufrago primigenio no sólo logra la supervivencia, sino que consigue mantener la salud mental en un ambiente de aislamiento y construye una pequeña civilización, con esclavos incluso, con la aparición de Viernes, el nativo que Crusoe salva de los caníbales. La historia es el epítome de la era de la razón: el hombre domina la naturaleza y la transforma, la «civiliza»; por medio del razonamiento y de la planeación, el hombre triunfa; finalmente, al ser rescatado, Robinson se hace rico contando su historia. Cuando digo «el hombre», me refiero también al género. En la novela de Defoe la presencia femenina es borrada casi por completo, apenas tenemos referencia de la esposa y la hija del protagonista.

Aquí es donde inicia el proceso de deconstrucción, en el cuestionamiento de los valores coloniales y patriarcales del autor de finales del siglo XVIII. El que cuestiona es John Maxwell Coetzee, escritor sudafricano que se pregunta, ¿y si Crusoe no estaba solo? ¿Y si Daniel Defoe,  ya de suyo una persona de poca reputación, robó la historia? ¿Y si quien vivió el naufragio fue una mujer? Es  así como Coetzee toma la historia y hace que Susan Barton, otra náufraga en busca de su hija raptada, llegue a la isla de Cruso (no Crusoe) y lo descubra ensimismado, obsesionado con un proyecto de agricultura que no prosperará en una isla que se aleja mucho de las descripciones paradisíacas de  Defoe. Viernes, el nativo salvado por Cruso, carece de lengua y su comportamiento recuerda al del Golem de Borges, el autómata que se dedica a las labores más básicas. Barton es rescatada y llega a ofrecer la historia a un reconocido escritor Mr. Daniel Foe. El juego de palabras en

inglés es rico, desafortunadamente intraducible: Foe significa enemigo. Para construir el personaje de Foe, Coetzee toma mucho del Daniel Defoe real, quien era conocido por sus deudas, sus escándalos y su comportamiento azaroso y lo convierte en otro de los sufrimientos de Susan, quien sólo desea que su historia sea conocida. Así como en la isla, en donde Barton hace a Cruso su amante, vuelve a ocurrir en Londres, en donde Foe inicia una relación íntima con ella, lejos de cumplir su deseo de que la historia sea escrita. Barton escribe ella misma su narrativa, incluso si es sólo para dejar registro, y deja a esos dos hombres con sus obsesiones personales: Cruso con sus mesetas y Foe con sus deudas.  

Coetzee logra dos cosas dentro del ámbito de las mecánicas de la posmodernidad: se apropia de una historia conocida y revela las condiciones de pensamiento de dicha historia. De este modo, critica el falocentrismo y el colonialismo en Robinson Crusoe, además de develar, de manera harto descorazonadora, una realidad que carece de brillos y de finales felices, sino que más bien se apoya en lo onírico para tener un poco de reposo en una realidad adversa.  La segunda es insertar una nueva protagonista y abrir el espacio para que estos sectores alternativos hablen y escriban: la preeminencia cultural masculina, occidental blanca se termina cuando las mujeres caribeñas, africanas, asiáticas, subyugadas, escriben y cantan y son escuchadas y leídas.  Así, el autor sudafricano se permite entrar en la piel de una Susan Barton desencantada, pero con toda la intención de comunicarse. 

Como Foe de Coetzee, encontramos otras apropiaciones, tanto en la literatura como en el cine, como en las narrativas que nos llegan a través de otras artes, y nos muestran las caras de los protagonistas antes o después de la historia original. Así, Jean Rhys en El ancho mar de los zargazos nos muestra la crueldad y el abuso que sufre «la loca del ático» de Jane Eyre, que la lleva a ser enclaustrada y escondida, y presenta un discurso anti colonial y antipatriarcal, evidenciando el abuso que sufre la mujer mestiza en el siglo XIX.  Y como ella, John Gardner y el monstruo medieval Grendel cuentan la historia de Bewoulf y de la crueldad hacia el paria, el rechazado; Gregory Maguire en Wicked, precuela de El mago de Oz, hace énfasis en el racismo y en la posición de los que son segregados y Michael Cunningham muestra en Las horas el efecto de Mrs Dalloway en tres generaciones de mujeres, incluyendo a su creadora, Virginia Woolf. 

La posmodernidad nos ha traído la posibilidad de quitar la etiqueta de sagrado e intocable a los textos canónicos, nos ha dado la posibilidad de manejarlos y manipularlos, con o sin éxito, siempre con el fin de hacer nuestra la historia, o parte de la historia, al personaje principal o a aquellos personajes secundarios que representan las posiciones que ahora toman preeminencia. Los tiempos cambian, y aunque no hay nada nuevo bajo el sol, como diría el sabio Salomón, siempre puede encontrarse novedad debajo de los temas y los personajes principales. Las reescrituras y las apropiaciones son necesarias para entendernos como sociedad: nos permiten cuestionar valores antiguos, asir la genialidad de la obra original para hacer un producto igualmente genial y nuevo, y para situarnos en una nueva posición, tal vez menos cómoda pero más acorde a nuestra realidad.

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