La ética vs. el proceso de deshumanización

Óscar Buendía

El mundo deshumanizado

Se dice con frecuencia que nuestra época vive una permanente crisis de valores. Cada quien actúa conforme a su propia conveniencia. Es más, cuando se habla del cumplimiento del deber cívico o del cultivo de las virtudes, que fueron tan loables en épocas anteriores, parece que se habla de ficciones, de elucubraciones hechas por unos cuantos —que de insistir demasiado suelen considerarse dictadores o tiranos.

Esta supuesta crisis es el reflejo de una transición mediática a escalas planetarias, que mucho tiene que ver con el triunfo de los medios de comunicación masiva —en tanto que vehículo de información y galería donde se exhiben formas de vida que antaño eran absolutamente desconocidas.

Cuando las comunidades se regían por una fuerte tradición oral, el conjunto de creencias y de valores, que conducían la manera de comprender el mundo, era muy reducido. Con la llegada de las innovaciones tecnológicas (la invención de la imprenta, el telégrafo, el teléfono, la radio, la televisión, la Internet) la visión del mundo se amplió a niveles insospechados; pero ese engrandecimiento no ha dado tiempo suficiente para que los juglares, el grupo de sabios o las ancianas, es decir, los grupos respetados y respetables en épocas anteriores por una comunidad, den coherencia a la información recibida y permitan a los individuos formarse una cosmovisión “consistente”, “firme”. Al contrario, la “autoridad moral” se ha desvanecido. Aquel que diga a los individuos, miembros de una comunidad, lo que es “correcto” o “incorrecto” lo que resulta propicio o adecuado hacer para el bien de todos (recuérdese el importante papel que desempeñaban los oráculos o las pitonisas en la antigua Grecia) resulta alguien autoritario e impositivo. Se puede mentir, ser deshonesto, participar en un delito y, sin embargo, nadie está “capacitado” o en el papel de “enjuiciar” a nadie.

Hasta la maldad pura está permitida, pues siempre cabe volverse famoso cometiendo los más terribles crímenes y aparecer en la televisión. Pensemos, por ejemplo, en la fuerza que tienen los medios de comunicación para convertir a los pederastas, secuestradores y defraudadores fiscales, en mártires, ya que ha sido su infeliz infancia lo que los ha llevado a actuar de tal manera. Así, el actuar de ciertos individuos los coloca por encima del conjunto de gente normal. Basta con ser malvado para ser respetado. Es más, con el afán de preservar el derecho a la información, los noticiarios se ocupan de mostrar sólo aquellos hechos que reflejen aspectos negativos del ser humano. Parecería ser que el derecho a la información consiste en hacerse una idea maligna del ser humano. A la par de esto, abundan programas televisivos donde lo más relevante es la falta de respeto hacia los otros. La explosión de los reality shows ha consumado la incapacidad de contar mejores historias y concentrarse únicamente en los individuos y sus vidas. La diversión vouyerista del presente siglo resulta peligrosa para la juventud en formación, pues en aquélla no hay nada de moralizador (como sí lo hacían los cuentos infantiles que traían consigo una moraleja). Ahora simplemente basta con ver, pensar estorba, ya no es necesario. Resulta entonces que se carece de una determinada “formación” que nos ayude a vivir más plenamente, a pesar de vivir en la era de mayor información. Es más, podemos afirmar que tanta información deforma, confunde, ahoga.

Desde muy pequeños, los niños se desenvuelven en un mundo mediático, que hunde sus raíces en el consumo indiscriminado, generándoles una mentalidad materialista, basada ésta en el confort y el bienestar. Dicha mentalidad suscita un arraigado desinterés por el denominado “bien común” y concentra su atención en el aislamiento egoísta. Como bien decía Friedrich Schiller, hace más de ciento cincuenta años en sus Cartas sobre la educación estética del hombre

El egoísmo ha impuesto su sistema en el seno de la sociabilidad más refinada y, sin haber llegado a alcanzar un corazón sociable, experimentamos todos los contagios y vejaciones de la sociedad. Sometemos nuestro libre juicio a su despótica opinión, nuestro sentimiento a sus caprichosas costumbres, nuestra voluntad a sus seducciones; y lo único que afirmamos es nuestro capricho, enfrentándolo a sus derechos sagrados.¹

Por esta razón, el mundo actual se deshumaniza a gran velocidad. Poco importa si nuestro vecino o alguien en otro lugar del planeta padece, sufre o vive en la más profunda injusticia, pues lo más relevante es conservar el bienestar individual. Incluso el altruismo tiene en buena parte una dosis de egoísmo, ya que se ayuda a los demás pensando siempre en lo bueno que soy. Este bienestar no concentra sus empeños en la cohesión social, sino en el aislamiento competitivo: en un “canibalismo” totalizador. El individuo es más importante que el grupo. Es más, en el mundo actual donde se supone existe una creciente apertura democrática —que debería traer beneficios a la gran mayoría— se ha perseguido, más bien, la individualidad, y con mayor fuerza la exclusividad, perdiéndose paulatinamente la noción de comunidad que se sustentaba en el apoyo incondicional. Como consecuencia, ahora la noción de comunidad se nos presenta como la de un grupo hostil y frío.

Difícilmente alguien del grupo social apoya a su semejante por el simple hecho de necesitarlo. Sólo en la medida en que se obtienen beneficios personales, se brinda apoyo. La “bondad” o “maldad” de ciertas acciones se sustentan más en la opinión que tenga la gente sobre ellas, que en lo que en esencia es relevante. Es decir, la valoración se sustenta en opiniones y no en principios universales, es lo “subjetivo” y no lo “objetivo” lo que cuenta. Esta postura nos lleva a un relativismo radical o bien a un pragmatismo irracional donde todo depende de la situación, del contexto, donde se generen las cosas (debo aclarar que me parece haber algo de cierto en esta postura, aunque no todo puede relativizarse ni llevarse al plano práctico-funcional, sí debemos considerar que es en el contexto donde nos formamos y es ahí donde nos constituimos de una u otra manera).

Nuestra cultura se guía más por lo “rápido y fácil”, que por la paciencia y el esfuerzo que se dedique a la realización de una tarea. Según Gilles Lipovetsky:

En nuestras sociedades, los objetos y marcas se exhiben más que las exhortaciones morales, los requerimientos materiales predominan sobre la obligación humanitaria, las necesidades sobre la virtud, el bienestar sobre el Bien. La era moralista tenía como ambición la disciplina y el deseo, nosotros lo exacerbamos; exhortaba a los deberes hacia uno mismo y hacia los demás, nosotros invitamos a la comodidad. La obligación ha sido reemplazada por la seducción, el bienestar se ha convertido en Dios y la publicidad en su profeta.²

Como educadores debemos plantearnos la siguiente pregunta: ¿cómo afecta esta mentalidad a los adolescentes con los que trabajamos? Los jóvenes con los que convivimos cotidianamente cuentan con un considerable bagaje informativo que obtienen de los medios de comunicación. Sin embargo, esa información difícilmente les ofrece una visión optimista, entusiasta y alentadora del mundo. Es más, los jóvenes consideran que la bondad, el respeto, la solidaridad, la amistad sin conveniencias, sólo pertenecen a los cuentos infantiles que siempre terminan en final feliz, es decir que son propios de la ficción y no de la realidad en la que viven. Pues, como dice Lipovetsky: 

¿Quién cree aún en el trabajo cuando conocemos las tasas de absentismo y de turn over, cuando el frenesí de las vacaciones, de los week-ends, del ocio no cesa de desarrollarse, cuando la jubilación se convierte en una aspiración de masa, o incluso en un ideal?, ¿quién cree aún en la familia cuando los índices de divorcios no paran de aumentar, cuando los viejos son expulsados a los asilos, cuando los padres quieren permanecer “jóvenes” y reclaman la ayuda de los “psi”, cuando las parejas se vuelven “libres”, cuando el aborto, la contracepción, la esterilización son legalizadas?, ¿quién cree aún en el ejército cuando por todos los medios se intenta ser declarado inútil, cuando escapar del servicio militar ya no es un deshonor?, ¿quién cree aún en las virtudes del esfuerzo, del ahorro, de la conciencia profesional, de la autoridad, de las sanciones?³

Más bien, en la mentalidad de los jóvenes —así como en la de los adultos— predomina una visión pesimista que obstaculiza el auge y el desarrollo de las potencialidades humanas más deseables para lograr la inalcanzada convivencia armoniosa que nuestro país y el mundo necesitan.

Por un lado, se nos “informa objetivamente”, sin la intención de inducirnos ningún tipo de juicio sobre los hechos. Por el otro, se nos exige que tomemos una postura, que valoremos las cosas que pasan, que demos nuestra opinión (“usted tiene la última palabra”). Pero, ¿cómo tomar una postura que no ponga en riesgo nuestra frágil seguridad? Incluso, ¿cómo es que un individuo que ha crecido bajo una mentalidad materialista puede ser capaz de emitir un juicio de valor personal y comprometido?

Parece que lo menos importante para la sociedad contemporánea es la visión crítica, el sano escepticismo que pone a funcionar la inteligencia de las personas. Más bien, predomina en nuestro mundo un conformismo poco alentador. Instalados en la apatía y en la renuncia a luchar por un mundo mejor, los jóvenes pasan por la escuela y por la vida como simples espectadores y no como actores.

La imperante visión pesimista coincide con la falta de interés en lo valioso de vivir en sociedad. Colocados dentro del pesimismo, las personas que habitan nuestra misma comunidad parece que poco tienen que ofrecernos. Al contrario, resulta que nuestro vecino es nuestro enemigo y que más que prójimo es alguien distante, un extraño. De continuar con esta visión, los objetivos comunes serán sustituidos por simples egoísmos. Una sociedad que es guiada exclusivamente por una visión pesimista, fomenta un profundo narcisismo. Si lo único realmente importante no está en la convivencia con los demás, entonces resulta que hay que concentrarse en uno mismo, no tener más ojos que para uno y su bienestar (de aquí el éxito de los productos que prometen mantenernos atractivos, jóvenes y sexualmente activos por siempre).

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¹ Johann Christoph Friedrich von Schiller, La educacion estetica del hombre, traducción por Manuel García Morente, Madrid, Espasa-Calpe, 1953, p. 54.

² El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Barcelona, Anagrama, 2002, p. 53.

³ La era del vacío, Barcelona, Anagrama, 2003, p. 35.


Referencias 

Aristóteles. (2001).  Ética nicomáquea, Madrid, Gredos.

Lipovetsky, G. (2002). El crepúsculo del deber. La ética indolora de los nuevos tiempos democráticos, Barcelona, Anagrama, p. 53.

———. (2003). La era del vacío, Barcelona, Anagrama, p. 35.

Ortega y Gasset, J. (1975). Origen y epílogo de la filosofía, México, FCE.

Ramos, S. (1990). Obras completas, tomo ii, Hacia un nuevo humanismo, México, UNAM. 

Schiller, J. (1953). La educación estética del hombre, traducción por Manuel García Morente, Madrid, Espasa-Calpe.

Stein, E. (1998). La estructura de la persona humana, Madrid, bac.

———. (1996). Ser finito y ser eterno: ensayo de una ascensión al sentido del ser, México, FCE.