Juan Pablo Magaña

 

Una vez Quino dibujó una tira en la que iba Mafalda caminando por la calle al momento en que coincidieron con ella y en sentido contrario cada uno respecto al otro, dos peatones más, ambos alegóricos (o arquetípicos) de estilos existenciales diferentes entre sí; tanto, que incluso habrá quienes, por razones que tendrían que argumentar, los considerarían opuestos. 

El peatón que camina de izquierda a derecha luce arrugado del rostro, viste un traje de tres piezas, corbata, zapatos “de vestir” (sigo sin entender por qué coño les llaman así; ¿acaso al calzar tenis uno se desviste los pies?) y un sombrero de ala corta que ornamenta su alopecia. Se mira además ligeramente sorprendido, pues, caminando de derecha a izquierda se cruza en su camino el otro peatón de aspecto más joven que usa huaraches, pantalón acampanado a rayas, un abrigo de tres cuartos con motivos florales, un collar de cuentas, camisa de cuello ancho abierta al pecho, barba y cabellera largas y sin más arreglo que el del crecimiento natural, lentes oscuros a la Lennon y un morral de cuero al hombro. Al desaparecer éste de la escena, el primer peatón detiene su andar y con desagrado y muy molesto expresa elevando la voz hacia el otro: “¡¡ESTO ES EL ACABÓSE!!”. Mafalda, siempre atenta a su entorno, interrumpe también su caminar para contestarle: “No exagere, sólo es el continuóse del empezóse de ustedes.”

 Llama la atención cómo es que el sentido de continuidad puede perderse cuando la perspectiva de análisis se concentra tanto en el individuo que categoriza como propio o similar únicamente a aquello a lo que se le parece, pero que se desentiende de su contraste, como si no generase opuestos que lo identifican también justo por eso: por oponerse a aquello que ha elegido que forme parte de su identidad. Y es que, así como el segundo transeúnte de la tira de Quino busca diferenciarse del primero porque lo reconoce como una especie de origen negado, mientras que el segundo reacciona con desagrado ante una consecuencia inaudita e insospechada de aquello que lo conforma porque no lo admite ni lo reconoce, el desarrollo de sistemas de creencias a lo largo del tiempo, o al menos del tiempo que ocupa la travesía humana, imbrica una serie de inconformidades que hallan en el contraste o en la diferencia con lo anterior su mejor ámbito de experiencia.

El caso de la posmodernidad es así. Ante la prevalencia de la razón, propuesta y practicada por la modernidad que a su vez buscó el deslinde del teocentrismo, la posmodernidad buscó el desencuentro enalteciendo lo emocional, por ejemplo. El arrojo por diferenciarse devino en acordar una nueva categorización que sólo sirve, como todas las categorías, para hacer más cognoscibles los lugares comunes que las constituyen. Así como “Barroco”, “Tiempo”, “Humanismo”, “Capitalismo”, “Patriarcado”, “Materia”, “Espacio” y demás conceptos son enunciaciones que nos ayudan a delimitar aspectos concretos que buscamos expresar o entender, la “Posmodernidad” (¿En serio, Lyotard y colegas? ¿Qué sigue: “Pluscuamposmodernismo”?) nos señala el apogeo de lo individual, lo emocional, la subjetividad, la forma sobre el contenido, lo relativo y el consumo.

Sin embargo, como lo demuestra la perspicacia de Mafalda, ese “empezóse” indefectiblemente genera mucho “continuóse”. Y sucede que, en plena posmodernidad, lo individual ha dado lugar a lo colectivo en muchos casos; las coincidencias emocionales desde lo individual y subjetivo buscan racionalizarse mediante la organización social y plasmarse como los nuevos contenidos de las legislaciones decimonónicas que, al igual que el primer transeúnte respecto del segundo, los aparatos políticos que las crearon nunca imaginaron que se transformarían en las convulsas realidades actuales. A saber si el reconocimiento de tales circunstancias busque categorizarse de forma distinta, pero definitivamente no podemos soslayar que dentro de la misma posmodernidad, o “condición posmoderna” (o como sea que tu purismo o indiferencia prefieran llamarle), ya hay contraste y oposición. En el ambientalismo o el feminismo, por ejemplo, hallamos algo de esto al significar cambios que, si bien salen desde lo individual, se colectivizan y proyectan los mayores beneficios de sus pretensiones hacia quienes todavía no son ni están aquí siquiera. 

Habría que ir preguntándose qué contrastes, qué oposiciones, qué formas, qué contenidos y qué “continuóses” se están suscitando desde ahora para que así, pensando en quienes están por venir, podamos plantearnos mejores circunstancias futuras, allá, en el quién sabe qué tan lejano Requetehiperturbointensopluscuamposmodernismo.

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