El Streaming y el tiempo

José Emilio González

Es innegable que en los años recientes las plataformas de streaming se han impuesto como la forma más común de consumo de material audiovisual en casa. Si bien este medio aún no es una forma culminante del todo, éste es el eslabón más reciente de una cadena de dispositivos tecnológicos que comenzaron por el televisor, pasando por los cassetes de video, el DVD y el Blu-ray, hasta llegar a la infinidad de contenido que se nos ofrece hoy día. El fenómeno ha desatado una serie de contiendas: entre las películas y las series, entre la pantalla grande en las salas de cine y las pantallas chicas en el hogar. Posicionarse al respecto sobre esas discusiones es fútil: no son procesos reemplazables, ni que se impongan entre sí; por el contrario, estos se entrelazan, conviven y mutan a la par. Sin embargo, el uso de estas plataformas, al volverse tan asiduo, altera, innegablemente, nuestra sensibilidad y nuestra percepción de la realidad. Y tal es el caso de lo que hacen con el tiempo. 

Hace falta observar con detenimiento un gesto que estos sitios realizan. Al término de cada película o de cada episodio de una serie, se despliega de inmediato una pestañita que nos indica las nuevas opciones que tenemos para ver o si queremos pasar ya al siguiente episodio. Incluso en Mubi, esa plataforma que es un oasis cinéfilo y en su catálogo incluye a Jonas Mekas –sería interesante saber que pensaría al respecto alguien cuyo cine se oponía a cierto otro– y a Agnès Varda, sucede algo semejante: en cuanto culmina el último plano de la película, aparece luego luego un recuadro para que “califiques” con estrellitas la película o se la recomiendes a tus amigas y amigos en las redes sociales. El desfile de los cientos de nombres que salen al final, seguramente, nunca han sido de interés. El gesto análogo en el cine es aquel de levantarse con premura en cuanto encienden las luces para salir ¿Tan poco nos afecta eso que vemos que al instante hay que pasar a lo siguiente? El asunto es ese: la forma de operar de estas plataformas de streaming contribuye a la necesidad imperante de tener todo de inmediato, lo cual, mezclado con la saturación de imágenes en redes, la velocidad de los transportes, etcétera, deriva en esta era en la desatención. 

En relación con el tiempo, las series sí tienen algo en particular, pues éstas fracturan la duración a su antojo: la totalidad de la serie en temporadas, las temporadas en capítulos, los capítulos en sutiles pausas que algún día pasado indicaron el corte comercial. Esta fragmentación hace que un ente de muchas horas parezca breve y la posibilidad de pausar a nuestro antojo incluso termina por borrar esta fragmentación haciendo de ella un continuo imperceptible. Por eso, la idea de ver una película que dure más allá de las tres horas resulta poco probable, cuando no inconcebible, aunque lo que consumimos habitualmente dure un total de treinta o cuarenta horas. La pregunta obligada es la siguiente: ¿administramos nuestro tiempo cuando usamos Netflix, HBO y Prime o, por el contrario, son éstas las que nos lo administran? 

Tenemos delante nuestro lo que en otros tiempos fue una quimera: la posibilidad de acceder a una infinidad de contenidos –unos en suma valiosos por sus méritos estéticos, otros de vergüenza para nuestra inteligencia– en cuestión de segundos, donde quiera que estemos. Hacen falta diez vidas para poder alcanzar ver al menos todo lo que nos interesa. Lo cierto es que esta fantasía, también, contribuye a un sentido de inmediatez y de aceleración. Antes el cine, por ejemplo, era un objeto de contemplación para la vista y los oídos; hoy es, además, un objeto digital en el sentido más estricto de la palabra: está en nuestros dedos como una prolongación más de nuestro cuerpo; es una parte de nosotros que ya no escapa al tacto. La posibilidad de que algo esté fuera de nuestro alcance o demande más tiempo de nuestras vidas es una de las múltiples fuentes de angustia ¿Qué hacer ante ello? Que cada quien halle sus respuestas o, mejor, que proponga nuevas interrogantes, quizás sólo de ese modo podremos navegar en este infinito mar de contenidos sin ahogarnos.

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