La trampa posmoderna

Gustavo Mendoza

The world is a bad place, a bad place, a terrible place to live, oh, but  I don´t wanna die, all my sorrows, sad tomorrows take me back, to my old home, all my cryings, feel i´m dying, dying.

The Mermelade, 1961

Si en nuestro viaje aparecen señalizaciones como las siguientes: “faltan 30 km para la inmediatez” o “recupérese antes de llegar a la tierra del mal-estar”, o “alto total, pronto pasará el tren que se dirige al mundo líquido”… tal vez estemos representando una obra del teatro del absurdo denominada, la era del vacío o de cómo decir tonterías sin sentido; o por qué no, y sin darnos cuenta, seamos actores involuntarios del último reality show de moda.

¿A quién se le ocurrió que “los grandes relatos” ya se fueron?, ¿es que acaso desde el discurso, poderoso y frágil, sutil y efímero, duradero y hasta eterno, nos inventamos que ya no hay fundamentos, no hay principio ni un fin? Es como una suerte de jugarle al iconoclasta desde el delirio, empeñarse y obsesionarse por imponerle a la gente el disfraz de narciso; resuena la voz del payaso: “es el ocaso de los héroes”, -ya un demente había anunciado el de los ídolos-, “no sabes de donde eres ni pa donde vas, además, como pa qué”.

Pues a los que todavía nos funciona el cerebro, con la pena, nos molesta e in-digna, -¡todavía no mueres dignidad y sus fieles amigos, el pensamiento y la prudencia!- Que en la literatura, en el cinito y en las series, existan historias con personajes ambivalentes (ni tan buenos ni tan malos) y que pertenecen al reino de las identidades desvanecidas, la desesperanza, donde prevalece la anhedonia (falta de placer), así como el armado de sujetos borderline, está muy bien, ¿no era el cine ficción por antonomasia?, o es que como ya a todo se le quiere imponer el prefijo pos…habrá que acostumbrarnos al pos-cine, a lo pos-humano, al pos-amor, a los pos-cerebros, la pos-tiranía, la pos-inquisición, y por qué no, a los pos-imbéciles.

Ante semejantes disparates, ¿qué dirán los obreros, los creyentes, los campesinos, las personas en situación de calle, los hombres y mujeres que ante la muerte, a veces le hablan a algo raro conocido como “dios”?

Por otro lado, cuando platico con mis alumnos sobre los compromisos, los valores, así como la importancia de agradecer; incluso en su momento, en torno a pensar y reflexionar, no encuentro ninguno que me diga, sí, somos tontos, desobligados, irresponsables, todo vale lo mismo o nada importa, nada vale, que la matrix y skynet ganen, que Hall me haga la tarea o ya que el tren de snowpiercer nos lleve a todos.

Pensemos un momento en el deporte, que por antonomasia legitima la violencia aunque la reduce a su mínima expresión, como nos habían anunciado Elias y Dunning, pero también puede explicarse, siguiendo a Brohm, como una exhibición del poder económico y político entre las naciones como los Mundiales de fut o los Juegos Olímpicos; sin embargo, puede entenderse como una representación para nada alejada del arte, donde una bola de virtuosas y a veces hasta virtuosos, nos recuerdan nuestra insoportable levedad y por qué no, nuestra mortalidad. Al decreto de que se vea todo con los lentes posmodernos, monocromáticos, desechables, mediante procesos de licuefacción cerebral, habrá que ponerle un alto, urge.

¿Qué pensarán al respecto Serena Wiliams, Michael Jordan, Roger Federer, Tom Brady, Mia Ham, Messi, Nadia y Simone Biles?, ¿que son desechables, o si alguien gana medio torneo, meta 2 goles o 3 canastas, valen lo mismo o son lo mismo?

Las trampas seducen y el rollo posmoderno no escapa a la tentación de flotar y navegar en el marasmo del capricho, la queja permanente, o en el relativismo absoluto. ¿Qué hacer?, la respuesta es muy sencilla, resistir, y la resistencia se basa en héroes, en mitos fundacionales, en historias, en voz de Comte-Sponville, “existir es insistir (esforzarse en ser y en durar); pero también es, por lo mismo, resistir”. Y aunque a algunos les dé dolor de estómago, valorar lo que fuimos, también lo torpes que somos y podamos ser, cuando la inteligencia casi muera, leeré estas líneas con nostalgia al salón vacío como el que aparece en la última escena de Detachment, y en el último aliento, venderé mi alma al Black Mirror.

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