La literatura en los tiempos de la posmodernidad

Ángel Molina

Como todo concepto el de posmodernidad es una caja de herramientas para acercarnos a la realidad. Tal vez lo más importante de esta nueva manera de aproximación al conocimiento sea la idea misma de que la realidad es tan compleja que pensar en un solo discurso que la explique y la abarque en su totalidad es ilusorio. En este sentido, la revisión de conceptos anteriores, la flexibilización de las fronteras entre las disciplinas del conocimiento y los procesos de hibridación (entendidos como una especie de mestizaje entre ideas) se han convertido en la estrategia predominante para teorizar nuestra comprensión del mundo.

Al seguir por este derrotero, si nos movemos al terreno de la expresión y la experiencia artística, el sacudimiento posmoderno ha tenido intensidades de un sismo de gran magnitud:

  • Las formas de acceder a una obra (texto, imagen, audio y sus combinaciones) a través de libros impresos, ebooks, documentos electrónicos en distintos formatos, series y películas (distribuidas por distintas plataformas) y un etcétera impronosticable, son una realidad diversa y en cambio constante. En paralelo, librerías, teatros, universidades, y el resto de los espacios en que se distribuía tradicionalmente la cultura siguen existiendo, pero la población que la consume se transforma al ritmo que marcan la INTERNET y las redes sociales.
  • Como es lógico, las formas de producir una obra, la forma de comunicarnos, incluidas las manifestaciones artísticas y culturales, también se han transformado de la mano de los cambios tecnológicos. Nuevas maneras de narrar y describir la realidad, nuevos géneros discursivos se han sumado a los tradicionales. Entre otros, se habla ahora de minificción o microrrelato, como un género diferente al cuento clásico, que implicaría una postura distinta del lector frente a una obra literaria con requerimientos distintos a los que nos plantea un cuento, una novela o una obra poética o dramática.

Así, y solo a manera de ejemplo entre muchos otros posibles, les propongo un acercamiento a la minificción como uno de los géneros literarios que parece más acorde para expresar algunos aspectos de la época posmoderna. Este tipo de textos brevísimos, a veces más cercanos al cuento o a la fábula, a veces colindantes con el lenguaje poético o la expresión ensayística de una idea, comenzaron a cultivarse en México desde mediados del siglo XX por parte de escritores muy importantes de nuestras letras: Julio Torri, Juan José Arreola y Augusto Monterroso En el ámbito latinoamericano, Eduardo Galeano es referencia obligada. Después, han aparecido importantes antologías de minificciones o microrrelatos, como prefieren nombrarlos en España. También jóvenes escritores y escritoras como Ana María Shua han desarrollado la mayor parte de su obra a través de esta modalidad narrativa. Sin más disertaciones, que sirva como invitación al género la mirada de Galeano para pensar en la violencia sinsentido que acompaña a toda guerra:

La conciencia 

Cuando bajaban las aguas del Orinoco, las piraguas traían a los caribes con sus hachas de guerra.

Nadie podía con los hijos del jaguar. Arrasaban las aldeas y hacían flautas con los huesos de sus víctimas.

A nadie temían. Solamente les daba pánico un fantasma que había brotado de sus propios corazones.

Él los esperaba, escondido tras los troncos. Él les rompía los puentes y les colocaba al paso lianas enredadas que los hacían tropezar. Viajaba de noche; para despistarlos, pisaba al revés. Estaba en el cerro que desprendía la roca, en el fango que se hundía bajo los pies, en la hoja de la planta venenosa y en el roce de la araña. Él los derribaba soplando, les metía la fiebre por la oreja y les robaba la sombra.

No era el dolor, pero dolía. No era la muerte, pero mataba. Se llama Kanaima y había nacido entre los vencedores para vengar a los vencidos.

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